"La Noche de las Psicofonías"

Por: Marisol y José Antonio Roldán


Noche de las psicofonías sincronizadas. Suena bonito sólo pronunciar esta frase.

Atrevida, aventurera, cooperativa, misteriosa. Un grupo de personas diferentes con formas de trabajar igualmente dispares unidas ante la convocatoria de los compañeros de Radio Onda Regional de Murcia, del Último Peldaño.

Una fusión temática, bajo el pretexto de utilizar todos una herramienta común de búsqueda "registrar psicofonías o parafonías".

Qué agradable y original nos pareció esta iniciativa venida de la mano del genial Joaquín Abenza, no podía ser de otra manera, por ser él un profesional con muchos años en su haber de trabajo en misterios. Una persona que todavía transmite la pasión de la búsqueda que el personalmente compartió en el pasado con los grandes divulgadores en las míticas alertas Ovnis. Luego no nos extrañó en absoluto, que marcara un hito histórico, proponiendo esta idea al grupo heterogéneo de investigadores, periodistas, curiosos, que estamos diseminados en todos los estamentos sociales por todo el orbe terrestre.

Sincronizar nuestros relojes para hacer tomas comunes a ver que se pillaba simultáneamente, no sólo era un proyecto experimental encomiable, implicaba mucho más unificarnos por unas horas, luego la trascendencia era mayor a nuestro entender.

Y lo consiguió, el reto fue fructuoso, muchos nos ilusionamos a su llamada. Preparamos protocolos de trabajo, elegimos lugar en nuestras zonas, preparamos equipos, y con las mochilas cargadas (sobre todo de ropa de abrigo) salimos a ver que nos deparaba la madrugada, dispuestos a escuchar el misterio en su puro estado si se daba la circunstancia, y disponiéndole de un soporte para quedar registrado si había suerte.

Se nos habían dado instrucciones que debíamos realizar, tomas cortas de minuto, a lo largo de la noche, procurar analizar in situ, para compartir en directo, si había resultados. Y a las doce prepararnos para una toma internacional simultánea.

Para nosotros la psicofonía no es un fenómeno en sí, por muy fascinante que sea, ya que es una mera herramienta de apoyo para registrar anomalías que pudieran haber en aquellos lugares que decidimos merecen la pena investigar (que suelen ser todos). Así que quizás, no tenemos desarrollado ese sexto sentido psicotónico que parecen tener otros, o su capacidad para captarlas. Ya contábamos con ello a la partida. Aún así metimos la mesa portátil, los ordenadores, las grabadoras, las herramientas y nos encaminamos a disfrutar de la aventura.

Al salir del coche, el aire frío de Barcelona nos guanteó la cara. Cuando llegaron las patrullas policiales con las que previamente habíamos hablado para pedirles permisos, notemos un cierto resquemor en sus rostros, pero por su inmensa ayuda e incluso participación esa noche, descubrimos que no eran por el tema que nos llevaba allí, ya que además después supimos que les fascinaba. En realidad nos habían mirado mal por los pasamontañas que tapaban nuestro rostro. Al quitárnoslo el resquemor se evaporó y llego la cooperatividad, ya que nos ayudaron patrullando, para que nadie nos molestaran, es más alguno vino con su propia grabadora, o puso en un dial blanco la radio del auto patrulla "¡por si hay suerte!".

A todo esto el lugar estaba muy tranquilo. Habíamos elegido un lugar que está en medio de todo, y aislado al tiempo, con una gran historia en su haber y mucha crónica de batalla a cuesta de su leyenda urbana. Era la torre de Can Salvana, en la población de Santa Coloma de Cervelló.

Nos encantaba el testimonio global concerniente a este lugar, porque al contrario que en otros sitios donde los fenómenos se muestran dentro de las paredes ruinosas o tétricas que lo conforman, aquí, se da el caso de que la mayor parte de incidencia acontece unos metros en el exterior que circunvala al edificio, donde muchos afirman haber visto espectrogénesis recurrentes, es decir fantasmas que repiten sus acciones sin percatarse o no haciendo intención de comunicarse con los vivos. La insistencia del ruido a batallas y gritos de soldados centinelas entre los testimonios, favorecían en puntos este lugar sobre otros que hemos investigado.

Montamos los bártulos, mesa incluida e iluminación necesaria, mientras hablábamos antes del programa de Joaquín Abenza con otros compañeros radiofónicos de Sevilla, Brasi y Fran del Toro de La Esfera, que al igual que nosotros se unieron esa noche a la iniciativa, aunque en distancia.

Ya iba llegando la hora de iniciar el experimento, cuando José Antonio tuvo que hacerse cargo del teléfono con los compañeros de Sevilla, yo sujetaba en la mano los móviles restantes por si llamaban de Radio Onda Regional de Murcia para dar instrucciones previas. La verdad es que en ese momento llego la segunda patrulla "a ver que tal íbamos de resultados". Les comenté que aún no habíamos empezado, aunque ya habíamos estado por la tarde para elegir lugar de control base. Y como vi que no se iban, curiosos por ver lo que hacíamos, me dispuse a terminar los preparativos de la distribución de grabadoras charlando con ellos.

Debieron de pensar que mi locura rayaba en lo absurdo mientras con una brújula en la mano señalizaba con polvos de talco dos cruces en el suelo equidistantes del control base-mesa de ordenadores. Para cuando señalicé las orientaciones y dispuse las grabadoras de las cruces neoyorkinas (se les debe este nombre a la universidad que un día las probó en mejores tiempos para la parapsicología) ya me miraban de nuevo con ojos de confusos. Tuve que explicarles que eran dos controles con cuatro ciegos. Que en cada cruz utilizaba un sistema de registro. En uno el convencional con grabadoras de arrastre magnéticas y en la otra cruz sistema digital. Que el motivo era no sólo para dar mayor posibilidad al registro, si se daba, sino para determinar si era un sonido ambiental, se registraría en todas, o monodireccionado a sólo una grabadora. Y siendo este el caso determinar en que orientación estaba el objeto emisor de audio en el momento de la grabación, para repetir allí intentos de toma y, por supuesto, darle soporte fotográfico y audio. Incluso, si hubiera repetición facilitar un soporte a la toma de imagen expandiendo polvo de talco antes de disparar tomas.

En un intento de ver si había una materia imperceptible, pero física, y si esta tenía una forma concreta resaltarla. Luego me dispuse a poner dos grabadoras en habitáculos de cristal con aislantes de metal y madera, semi-campanas faraday (porque fuera de laboratorio no se consiguen cámaras completamente aisladas). Cada una, obviamente, empleando el sistema contrario a las grabadoras colocadas en los brazos de la cruz neoyorkina.

La policía que miraba con interés, sobre todo daba compañía y al ir a mis espaldas, lo cierto es que algo de frío me quitaban. Decidieron que debían volver a comisaría para que salieran los compañeros a patrulla. Yo seguí colocando cámaras frente a las cruces y para aquel momento ya José Antonio tenía montada la base-control.

Sólo nos quedaba colocar nuestros obsoletos y aparatosos grabadores de cinta abierta y arrastre, heredados de la buena gente de la radio, que nos permite contar con un rebox portátil, y una grabadora con ecualizadores y temporizador. Ya ni siquiera se emplean.

Sentado José Antonio ya en control, encendiendo el Adobe y el Nero para las grabaciones de los portátiles y cegando micros. Yo me dispuse a armonizar las grabadoras, una idea que hace años puse en práctica y que se debe a mi afición por facilitar la fenomenología. Con un diapasón hice una primera toma generalizada. Ahora era cuestión de ir dando a rec y luego escuchar. Y así transcurrió la noche.

Entre las muchas tomas de ese día nos emocionemos notablemente con una que descubrimos al escucharla y no oída in situ por nuestros sentidos auditivos. Era como una voz femenina. Pero mientras la oíamos con atención, entre los arbustos se repetía, era un mochuelo haciendo de las suyas bajo la noche cerrada.

Habíamos registrado los árboles ese mismo día por la tarde determinando nidos y rastros de aves o animales que nos llevaran a confusión. El mochuelo no había aparecido, debió de atraerle el ruido de nuestros clips de grabadora.

Obtuvimos desde luego muchas otras, pero aun mientras las evaluamos no podemos decir que no tengan una naturaleza del aquí, por lo que, en nuestra prudencia de buscadores, pedimos se nos disculpe si necesitamos de más tiempo para mostrarlas.

Durante las llamadas del programa, vimos que teníamos problemas de cobertura. Nosotros ese lugar Torre Can Salvana, entre otros factores citados, lo habíamos seleccionado precisamente por no existir repetidores cercanos o focos de polución hertziana. Pero claro, era un inconveniente a la hora de enlazar con El Último Peldaño.

Cuando por fin lograron ponerse en contacto sin interrupción con nosotros era ya tarde, casi la hora previamente elegida por ellos peldaño para sincronizar una toma común. Así que me despidió Joaquín y me dijo que pasados unos minutos me llamaría.

Al hacerlo, me comentaron que mientras había hablado antes habían oído en estudio una risa sobre mi voz, me sorprendí. Yo no había escuchado nada. Les pregunté, si tenían líneas telefónicas abiertas además de la mía y, al parecer no era el caso. El misterio quedó ahí. Poco después de esa noche, Joaquín me envió el corte de audio donde se apreciaban. Aunque mi opinión es que es un efecto sonoro, desconozco la procedencia, tal vez los duendes de los ordenadores, pero es sólo mi opinión, ya que me recordaba a un efecto sonoro de naturaleza que yo misma tengo en casa. Limpié el audio para ver si era desde donde yo estaba la incursión, y me eliminé, el fondo de la risa continuaba. Luego no entró por mi vía telefónica y sigue siendo un misterio, que podríamos dejar ahí como una curiosa anécdota sucedida en una noche reconfortante.

Por cierto, no acabado el programa volvió una patrulla, esta vez venían equipados también ellos. Estuvimos un ratito más, ya de forma menos profesional, curioseando en la torre Can Salvana, en registros de grabadora en movimiento.

Aunque vi que disfrutaban como yo, no sé si me perdonarán en un futuro o si llegarán a entender por qué pedí que se colocaran, tal como mi hermano y yo hacemos, dos pulseras con cascabeles. Por supuesto sé que vosotros entenderéis que lo hago para localizarnos y por si se da una incursión determinar cuán cercano había alguien de nosotros.

En resumen la experiencia fue interesante, cuando me enteré que compañeros distribuidos en otras regiones habían tenido más clara suerte, me alegré mucho. Había merecido la pena estar allí y compartirlo. Aunque la suerte hubiera estado a kilómetros de distancia de nosotros.

Al montarnos en el coche, nos apresuramos a encender la calefacción, quedándonos unos minutos quietos, sin encender el motor, mirando las ventanas de la torre, diciéndonos que volveríamos. En silencio, no lo dijimos con voz, tanto mi hermano como yo deseábamos ver aparecer al espectro de la dama o los soldados, como esperando un buenas noches, pero fuimos nosotros con nuestra voz de vivos con cuerpo quienes dijimos un hasta luego mientras nos marchábamos del paraje con tanta leyenda.

El buen sabor de boca en el paladar, nos abriga a desear una repetición del evento radiofónico. Y una nueva propuesta experimental tanto de Joaquín Abenza como del equipo, y de todos los otros compañeros con los que compartimos la búsqueda esa noche especial de psicofonías.