|
La piedra del fraile del monasterio de San Jerónimo
Por Marisol y José Antonio Roldán Una misteriosa entidad que dice a una mujer ser un fraile, la ordena ir a un lugar, que resulta existir y allí le entrega una piedra con su rostro y le pide el favor de que le saque de allí. Un enigma peculiar, una historia que según su protagonista debe conocer el mundo y ser investigada por especialistas del misterio.
Como todos los casos, esta historia de la piedra del rostro enigmático tiene un principio. Para los que hacemos este reportaje no es un inicio temporal, localizado hace cinco años, sino un comienzo físico aplicado en la propia testigo y testimonio de los hechos. María Josefa García Cid desde niña, como muchas otras personas, empezó a tener experiencias extrañas. Sola o acompañada veía o intuía personas. Una humilde mujer dedicada a su casa, a su trabajo y a cuidar de otras personas en su tiempo libre de forma altruista que nunca entendió muy bien si lo que pasaba era real o fruto de su fantasía. Por este motivo no comentaba nada cuando veía cosas que teóricamente no tenía que percibir, aunque en circunstancias no podía evitar que fenómenos extraños acontecieran estando presentes familiares, vecinos o algún recién llegado a su casa. Así había pasado los años, sin que pudiera demostrarse así misma, con pruebas, si su experiencia era o no real y qué sentido tenía todo aquello desconocido que de pronto sucedía ante sus ojos. Y todo ese tiempo había pedido pruebas a las fuerzas superiores, a Dios o a quién fuera el encargado de darlas, pero parecían suplicas caídas en saco roto. Se encontraba realizando las tareas del hogar, en concreto su cama, apareció un ser de la nada frente a ella. Parecía ser un varón, que a pesar de no mover los labios le comunicaba algo. La mujer nos confesaba que a pesar del impacto que causó en ella ese contacto con una presunta entidad no supo o no pudo hacer nada. Sin embargo, una nueva visita la sorprendió pasados unos días. Esta vez “me fije bien en él, era muy alto casi dos metros, ancho de hombros, vestido con un mono azul con hebillas a ambos lados, ojos rasgados y oscuros, en forma de almendra y calvo, aquél hombre volvió a dirigirse a mi con forma imperativa, de mando y orden: Hermana Pepa, ¿no crees en mi?, ¡busca la piedra!. Estoy esperándote en Gandia”, esas fueros las palabras textuales que aquel insólito personaje comentó a nuestra testigo, que lógicamente se quedó boquiabierta, el desasosiego interior de María Josefa iba in crescendo a medida que pasaban los minutos después del “mensaje”. Ahora le quedaba decidir si actuar o no. La mujer que vivía en Algeciras llegados a este punto estaba nerviosa y lo comenta a su esposo, pero al no creer éste en “cosas de espíritus”, decide comentarlo a otras personas, sus amigas. Y es que al día siguiente, por tercera vez se le aparece el ser dándole el lugar concreto a donde debía dirigirse, allí le daría una prueba (una piedra) y le daría instrucciones de lo que exactamente necesitaba de ella. La mujer, Pepa, que no conocía Gandia, tuvo la idea de comunicarse con la Guardia Civil de esta población valenciana, a cientos de kilómetros de su casa. Una llamada que la dejó impactada y significó el continuar adelante con el misterio. La Benemérita le confirmó la existencia del monasterio de San Jerónimo a las afueras de la población, un lugar, ruinoso y cerrado desde hacía muchas décadas. La aventura iniciada por Pepa requirió de destreza para convencer a su esposo y embarcarlo en esta, así como de sus amistades, sin la que su ayuda económica para el viaje hubiera sido imposible (como decíamos Pepa es una mujer humilde). Nada más llegar a Gandia y parados en un restaurante empiezan a agilizarse las visiones. En el plato de sopa se le dibuja una llave y se lo comenta a su esposo, que para esas alturas la mira incrédulo y cauteloso. “Tenemos que ir allí, ahora mismo, nos esperan” – nos comenta su marido. Casi levantándose , por lo que tuvieron que dejar la comida servida.
Les fue difícil encontrar el lugar, pero una vez allí se encontraron un nuevo impedimento, estaba cerrado a cal y canto. El guardián del lugar les indicó que no podía dejarles pasar. Sin embargo, después de conocer la historia de Pepa, de verla en su exaltación y de que le describiera la llave antigua, les abrió. Cuando Pepa vio abriendo al guardián del recinto reconoció de inmediato la llave. Dentro recorrieron el monasterio, hicieron fotos, pero después de un rato se sentían desanimados, todo estaba como anclado en el tiempo, escudos en los techos, mazmorras con grilletes, ¿en un convento-monasterio?.
En ese lugar metían a los reos con agua hasta la cintura y los tenían indefinidamente allí para su tortura física. Pero Pepa no encontraba lo que había venido a buscar “!una prueba y un sentido a todo aquello¡”. Su esposo desanimado comenzó a hablar con el vigilante. Justo en ese momento de soledad Pepa intuyó que el ser estaba allí: “Hermana, ¡ahí tienes la piedra!”, ésta apareció de la nada, según la testigo, y rodó hasta sus pies. Ella la recogió y la guardó, no tenía nada de especial, pero la trató como una reliquia. Luego se marcharon, guardó la piedra en un cajón de su casa a su regreso y se olvidó de ella, hasta que unos meses después se dio cuenta de que no le había dicho el porque la había llevado hasta allí, y que en realidad no tenía una prueba. Se acordó y la saco del cajón. Al mirarla observó que se habían dibujado en ella unas caras que transmitían horror, eran difusas, pero allí estaban. Unas semanas después el Fraile apareciendo de nuevo le dijo: “Soy el hermano Fray Amadeo, ese cuya cara refleja la piedra que te mandé...” luego le contó su vida. Al parecer vivió en ese monasterio de San Jerónimo de Cotalba, había ayudado en vida a muchas personas, la mayoría presos de las mazmorras. Al parecer murió en olor a santidad pero se guardó su secreto para que en aquella época la gente no se diera cuenta de lo que se hacía en ese monasterio. Fue enterrado en una fosa común con los reos y personas anónimas. Según informa, el supuesto espíritu de Fray Amadeo a Pepa debe conocerse lo que aconteció allí y conocerse su persona, está historia debe divulgarse. Y esto fue lo que llevó a Pepa a ponerse en contacto con los medios de comunicación y con nosotros. En un intento de que se investigue la verdad y se de con el paradero de este Fraile. Para nosotros es un caso abierto, que sólo el tiempo traerá consigo una explicación o un descubrimiento en ese monasterio. No dudamos, ni afirmamos que la experiencia de Pepa sea real, simplemente nos preguntamos sobre ella, porque hay un pequeño detalle sólido y pétreo entre las manos de esta mujer, la piedra donde se ve la cara desfigurada y rústica de algo que parece aproximarse al rostro de un hombre. Y el testimonio de un vigilante que vio como reconocía la llave que antes no pudo haber visto. |
||||||||||||||||||